Yo me había preparado física y psicológicamente para tener un parto natural. Desde hacía meses mi doctor me venía repitiendo que la placenta estaba bien situada y que aparentemente nada impediría que mi hija viniera al mundo mediante el tradicional método de “puja, respira, puja”. Ya hasta había tenido mis clasecitas de respiración e interiormente iba repasando todo lo aprendido en mis clases de yoga para relajarme cuando llegue el momento.
Lo que sí tenía bien claro es que quería un parto sin dolor. Reconozco públicamente ser una perfecta cobarde y bastante alharaca así que para evitar hacer papelones y no propiciar el odio de todo el personal médico hacia mi persona, con bastante anticipación le había pedido a mi doctor que ni bien me vea llegando a la clínica con contracciones, él me espere en la puerta con la epidural en la mano. El doctor muy sonriente me dijo que ni me preocupe, que la anestesia la ponían por default a todas las parturientas salvo que alguna santa mártir indique lo contrario. Y pues, como yo de mártir no tengo nada y de santa sólo el nombre, me quedé tranquila.
Ya mi mamá, quien años atrás había tenido un traumático parto natural con mi nacimiento (traumático porque hubo complicaciones) y luego dos cesáreas con mis hermanos, me había dicho que la sensación de parir naturalmente era inolvidable, que realmente sientes que das vida. Claro que ella fue una de esas santas mártires que no quisieron anestesia, yo no quería llegar a tanto pero me hacía ilusión la idea de colaborar activamente en el parto, ya que el hecho de no sentir mayor dolor no significaba que igual pudiera experimentar las contracciones y pujar, al menos eso fue lo que me habían dicho.
También me habían dicho que ni me preocupe en llamar al doctor o a la matrona si es que no presentaba alguno de estos dos síntomas: contracciones dolorosas cada cinco minutos o rotura de la bolsa. Yo ya venía sintiendo contracciones hacía días pero a intervalos irregulares y no muy dolorosas que digamos. El domingo 17 de agosto al mediodía boté el tapón mucoso y ese fue el inicio de mi trabajo de parto, aunque en ese momento aún no lo sabía.
Tanto había escuchado sobre lo dolorosísimas que eran las contracciones pre parto, que simplemente cuando a mí me empezaron asumí que aún no dolía lo suficiente y seguí haciendo mi vida cuasi normal aguantándome como las machas. Así estuve toda la tarde del domingo, con contracciones cada 20 minutos pero según yo, aún no lo suficientemente dolorosas. Cuando a las 7 y media de la noche, bajaba del auto para entrar a la iglesia a escuchar misa, una contracción me paralizó. Mi mamá y mi esposo insistieron en que llame al doctor en ese instante pero yo cual soldado valiente dije que ni hablar, que me habían dicho que llame cuando tenga las contracciones cada cinco minutos y yo soy muy obediente. En pleno sermón del cura me vino otra contracción súper heavy, y saliendo de misa otra que casi me hizo llorar. Ahí ya me convencí de llamar. Hablé con la matrona, quien me dijo que fuera para la clínica.
Llegué a la clínica a las 10 de la noche, la matrona me hizo un tacto (eso para mí fue lo peor de todo el trabajo de parto, el tacto, prefiero mil veces las contracciones) y descubrió que tenía dos centímetros de dilatación. “Te quedas” – me dijo. Me llevaron a la sala pre parto y me pusieron una vía con oxitocina para acelerar las contracciones. “Me avisas cuando ya no aguantes el dolor y quieras la anestesia”, pero yo curiosamente muy valiente, sentía que todavía podía aguantar el dolor, el cual sinceramente tampoco me parecía taaaaaaaaaaan terrible, claro que sólo tenía dos de dilatación, me imaginaba que después la cosa se pondría más fuerte pero estaba dispuesta a aguantar todo lo que pudiera.
Como a la una de la mañana, ya tenía contracciones cada tres minutos y un poquito más fuertes. Ahí sí ya me sentía como en las películas. Sin embargo aún no me animaba a pedir la epidural. Realmente fue la matrona, quien me vio sufriendo, la que llamó al anestesista porque según yo podía aguantar un poco más. Ya con la epidural la historia fue otra. No me dolía absolutamente nada. Es más hasta podría haberme bailado el chachachá entero con mi panza. Qué maravilla, qué felicidad, la vida es linda, así una daría a luz todos los días. Lo malo fue cuando me mandaron a caminar por el pasillo para acelerar el encajamiento de la bebe y apurar la dilatación y las piernas no me respondieron. No las sentía. Ni modo, tuve que quedarme echadita en la cama viendo en la tele las competencias de nado sincronizado de las olimpiadas mientras esperaba que la oxitocina surta efecto. Como a las dos de la mañana recién pude caminar, lo que significaba que la anestesia estaba perdiendo fuerza. Efectivamente, al ratito empecé a sentir nuevamente contracciones, y bastante fuertes. Ah no, ni hablar, ya había experimentado el cielo y ya no quería seguir jugando a la mujer valiente, llamen al anestesista por favor!!! Nueva dosis de anestesia y la felicidad total nuevamente.
Así llegamos a las 4 de la mañana, para mí las horas se pasaron rápido realmente pero cuando veía la cara de cansancio de mi esposo y de mi mamá entendía que para ellos la noche se estaba haciendo súper larga. Me hicieron un nuevo tacto que ni lo sentí esta vez debido a la anestesia y descubrieron que sólo tenía 4 de dilatación. No recuerdo si fue en este momento o antes que me rompieron la bolsa y el líquido amniótico salió con un poco de meconio. Ante esto la matrona me comunicó que al parecer sería conveniente una cesárea pero que primero había que llamar al doctor para que de su opinión.
Mientras despertaban al doctor y llegaba a la clínica dieron casi las cinco de la mañana. Lo que finalmente me dijo el doctor fue bastante convincente. En seis horas sólo había llegado a cuatro de dilatación. En este plan podía pasarme más de 24 horas y ellos por norma sólo ponen tres dosis de anestesia y yo ya llevaba dos. Así que si quería tener un parto natural sin dolor iba a ser imposible. Por otro lado, la bebe aún no se había encajado y a estas alturas ya debería estarlo por lo que al parecer mi pelvis es bastante estrecha (o la bebe es muy cabezona, también podría ser ¿no?) Y lo que realmente me convenció fue que el líquido amniótico ya estaba con meconio lo que podría indicar sufrimiento fetal. Así que caballero, cesárea nomás, tanto prepararse para el parto natural para que finalmente te hagan un tajo en la panza.
Mientras me llevaban al quirófano comencé a temblar, no me gustan para nada las operaciones (bueno, ¿a quién le gustan?) y sumado al nerviosismo de saber que por fin iba a conocer a mi hijita, más la anestesia, no sé que me pasó pero empecé a sentirme pésimo. Náuseas, escalofríos, horrible oye, sentía que me iba a morir. Encima ya sentía que me estaban cortando la panza y a mi esposo no lo veía por ningún lado. “¿Dónde está mi marido????”, “Lo hacemos entrar al final”, respondió alguien por ahí. Todos estaban vestidos de verde y yo no me sentía nada bien, en eso vi a mi esposo, disfrazado de doctor, ok todo está bien entonces. “Ya va a nacer”, dijo alguien por ahí y en eso un tirón y la presión en el vientre desapareció y a continuación el sonido más lindo del mundo, el primer llanto de mi bebé.
“Quiero verla”… me la enseñaron durante dos segundos, suficientes para darle un beso antes que se la llevaran a examinarla. Gracias a Dios estaba perfecta. La que estaba pésima era yo, ahora mis dientes sonaban unos contra otros el doctor me decía que deje de mover la piernas que tenían que cerrarme la herida pero yo no sentía que estuviera moviendo nada, las náuseas eran insoportables y según mi esposo estaba pálida como papel.
Escuché decir que estaba experimentando una reacción a la anestesia. “Ursula, te vamos a dar algo para que se te pase, pero te puede provocar un poco de somnolencia, ok?” Sí por favor, denme lo que quieran pero que pase esta sensación por favor!!, eso lo pensé porque ni fuerzas tenía para hablar. Pues me inyectaron diazepán y me mandaron a la estratósfera.
Recuerdo entre sueños que me sacaron del quirófano en una camilla con Ivanita ya vestida a mi lado, entre nubes he visto a mi mamá esperando en el pasillo, entre musarañas me han llevado al dormitorio y entre angelitos de la guarda he escuchado que decían que mejor se llevaban a la bebe a neonatal porque la madre (o sea yo) no estaba en condiciones de alimentarla.
Resucité a las diez de la mañana sintiéndome la madre más desnaturalizada del mundo. Mi hija había nacido y yo con las justas la había visto dos segundos. “Tráiganme a mi bebe por favor”, le pedí a las enfermeras. Cuando me trajeron a Ivanita al dormitorio y me la pusieron al lado, recién pude conocerla, recién pude ver lo pequeñita que era, lo parecida que era a su papá, recién pude contemplarla y enamorarme de ella, recién pude maravillarme de tenerla por fin a mi lado.
Hay muchas personas que dicen que agradezca que me hicieron cesárea, que ellas lo prefieren mil veces antes que un parto natural. Yo no sé, nunca he tenido un parto natural como para poder comparar, así que me quedé con las ganas de vivir esa experiencia. Me hubiera gustado estar más consciente en el momento del nacimiento de mi hija, pero bueno, ya conté como fueron las cosas. Aunque finalmente lo que importa es que Ivana nació no?? El cómo ya pasa a ser una anécdota, ahora lo que importa es la realidad de cada día, el verla crecer fuerte y sana y el amarla cada día un poquito más.
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